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Septiembre 07, 2026
Lee aquí la columna publicada el 10 de agosto de 2026 en El Heraldo
Por José Consuegra Bolívar
@Rector_Unisimon
No es una queja habitual o un simple tema recurrente de conversación, ni mucho menos una mera percepción social, es una realidad: progresivamente el cambio climático se expresa de múltiples maneras, entre ellas, con el aumento de la temperatura que lacera la convivencia humana, impactando nuestra salud y trastocando aspectos importantes de nuestra vida como el descanso. Las altas temperaturas nocturnas no nos dejan conciliar un sueño tranquilo y reparador. Las regiones más cálidas del mundo y las poblaciones más pobres son las más afectadas por este fenómeno que impacta considerablemente la salud humana.
Entre 2020 y 2025, cada persona perdió un promedio de 56 horas al año por el calor nocturno, puesto que la termorregulación, proceso clave para el sueño, se puede alterar por los cambios en la temperatura ambiente; aproximadamente el 10 % de ese tiempo es atribuible al calentamiento global derivado del cambio climático, según el análisis de la organización Climate Central a 1338 ciudades con poblaciones superiores a 500 000 personas.
Nuestra calurosa Barranquilla es una de las ciudades más afectadas por las altas temperaturas nocturnas, en donde se estima que un habitante promedio pierde alrededor de 93 horas al año por esta causa. Junto a Acapulco, en México, con la misma cantidad de horas perdidas al año, son las ciudades con mayor incidencia de las altas temperaturas en Latinoamérica.
El rigor climático lo sufren más intensamente los mayores de 65 años y las personas que habitan en países de ingresos bajos y medios, donde es desigual el acceso a los aires acondicionados. Empeora aún más esta situación el alto costo del servicio eléctrico que, en Barranquilla y el Caribe colombiano, es casi inaccesible.
Un análisis publicado en PubMed Central (2025) sobre los efectos de la privación del sueño en la salud física y mental indica que esta situación es un factor de riesgo significativo para enfermedades cardiovasculares como la hipertensión, el accidente cerebrovascular y la cardiopatía coronaria; así como de trastornos metabólicos como la obesidad y la diabetes; ansiedad, estrés y síntomas depresivos.
Siendo el sueño una necesidad básica para todo ser humano, cuya calidad y duración tienen una conexión directa con el bienestar general, este fenómeno creciente debe ser tenido en cuenta en el diseño e implementación de programas de salud pública, pues ya no se trata solamente de promover hábitos de sueño saludables sino también de diseñar estrategias de adaptación o que optimicen las condiciones urbanas que previenen el aumento de la temperatura, como la buena arborización.
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