La pandemia, en la lupa del rector
En sus artículos habituales en los medios de comunicación, el rector de la Universidad Simón Bolívar, José Consuegra Bolívar, ha desarrollado análisis pertinentes, fundamentados en las últimas investigaciones y con una visión crítica y constructiva acerca de los efectos de la pandemia de COVID-19 en la sociedad. A continuación, publicamos tres de estos interesantes artículos.
Héroes y mártires (7 septiembre 2020)
Exponer la salud y la vida para atender a personas afectadas de COVID-19, conociendo los factores de riesgo existentes, la capacidad de propagación y la letalidad de la enfermedad, requiere, más allá del Juramento Hipocrático, de los médicos y del Juramento Nightingale, de las enfermeras, una alta dosis de convicción, de responsabilidad, de entrega, de ética, de entereza, de pasión por servir y, por supuesto, de mucha valentía. Pero si, además, el agente de la salud brinda apoyo a través de las palabras, esperanza con una oración o alegría mediante el tarareo de una melodía, sin duda se trata de un verdadero acto de amor por su profesión y su paciente.
Eso han hecho día tras día los médicos, los enfermeros, los fisioterapeutas, los auxiliares de servicios asistenciales, etc., en los centros hospitalarios, así como muchos otros trabajadores de la salud que han estado en la llamada “primera línea” de esta dura batalla que enfrenta el mundo contra el virus Sars-CoV-2. Como lo definió el presidente de Francia, Emmanuel Macron, “estamos en guerra, una guerra sanitaria, pero el enemigo está ahí, invisible, escurridizo”.
Sin embargo, ellos no solamente han tenido que enfrentar cara a cara la crisis sanitaria. Para colmo, muchos han sido víctimas de discriminación y rechazo en sus barrios o en sitios públicos. Agravando más su situación, generalmente desempeñan su ejercicio profesional en injustas condiciones laborales y salariales y elementos de bioseguridad precarios, en el mundo.
Nada será suficiente para agradecerles y pagarles por ir más allá del cumplimiento de su misión, por su alto compromiso y total dedicación, sacrificando su bienestar y el de sus familias. Esto sobrepasa sus responsabilidades, convirtiéndose en actos heroicos, llevándolos, incluso, a ser mártires. Son impactantes los testimonios del personal médico lleno de tristeza y frustración al ver morir a sus pacientes o de casos como el médico Iván Manjarrez, citado en los medios de comunicación, que completó 62 días con el virus y durante su tratamiento, aislado en su habitación, se dedicó a prestar sus servicios de forma virtual.
En Colombia, el reporte del Instituto Nacional de Salud, con corte al 2 de septiembre, da cuenta de 8.885 funcionarios del sector de salud contagiados. El grupo más afectado es el de los auxiliares de enfermería, con 3.047 casos; seguido de los médicos, con 1.392; 1.132 enfermeros profesionales, 162 fisioterapeutas, 948 administrativos y 364 del personal de aseo-alimentación, entre otros. El mismo organismo reporta en Barranquilla 545 casos de contagios de estos profesionales.
Esta pandemia devastadora nos ha arrebatado a gente valiosa de todos los sectores, entre los que contamos a amigos, familiares y compañeros de trabajo. En total han fallecido en Colombia 20.888 personas, hasta el 4 de septiembre, a causa de la enfermedad, y en cuanto a los trabajadores de la salud, en nuestro país han muerto 63 de ellos. Sin duda, todos, verdaderos mártires que entregaron su vida por la salud de los colombianos.
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Pandemia mental (21 septiembre 2020)
Estamos en la recta final del 2020 y continuamos presos por el miedo y la incertidumbre que provoca el temor a contagiarnos con la COVID-19.
Además, la pandemia alteró nuestros hábitos, costumbres y actividades cotidianas afectando de manera significativa nuestra salud mental.
Estudios recientes advierten el fuerte impacto socioafectivo del aislamiento obligatorio y el distanciamiento social como circunstancias sumamente estresantes para la sociedad. A esto se suman el miedo por la evolución de la pandemia, la desconfianza hacia el contertulio por el riesgo de infectarse, el desasosiego por el contagio de familiares y amigos, el duelo por quienes no lograron reponerse y fallecieron, la pérdida del empleo, la disminución de ingresos económicos, la imposibilidad de asistir a colegios y universidades, entre otros. Pero, además, las circunstancias de la pandemia están actuando como combustible para que se acrecienten problemas de vieja data como la violencia, la intolerancia, la ingesta abusiva de alcohol, el consumo de drogas, la inseguridad, etc.
Contrario a lo que se podría pensar, los niños y los jóvenes están ubicados como el grupo poblacional con mayores efectos negativos. Según el estudio ‘Efectos de la salud mental en la población colombiana durante la pandemia de COVID-19’ (julio de 2020), desarrollado por la Universidad Autónoma de Barcelona, el 37% de adultos jóvenes ha presentado ansiedad, el 48% depresión y el 40% somatización. Los adultos mayores, en cambio, son el renglón poblacional menos afectado.
Con relación a este grupo etario, el estudio ‘La pandemia de la soledad’, de investigadores israelíes, publicado en julio por Elsevier, estableció que los adultos mayores de 60 años que tienen un mayor riesgo de complicaciones por COVID-19 mostraron mayor resistencia a los trastornos psiquiátricos asociados con la crisis sanitaria, pues, entre otras cosas, suelen ejercer una regulación emocional más efectiva.
Otra población importante y muy afectada por la pandemia es el personal sanitario, que ha sufrido un impacto sustancial tanto en su salud física como mental, por lo que los expertos recomendaron priorizar su atención dentro de las estrategias de salud pública.
Justamente, el Colegio Colombiano de Psicólogos lanzó en mayo una alerta sobre el desarrollo de una epidemia de problemas mentales a raíz de la coyuntura que vivimos.
Además de las medidas de bioseguridad, los hábitos de autoprotección y la inmunización, es pertinente que, desde el sector estatal, la academia, los gremios empresariales, la sociedad civil y en el seno de las familias, se trabaje de forma mancomunada en la atención, en todas las dimensiones, de la salud mental.
Resulta prioritario no solo atender la incidencia y la prevalencia de las patologías de la psiquis, sino que se hace necesario implementar y masificar acciones de promoción y prevención de la salud mental y evitar que los casos aislados y la problemática focalizada se conviertan en una pandemia mental que nos enloquezca a todos.
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Tapabocas vs. rebrote (28 septiembre 2020)
Después de la larga cuarentena por la que hemos pasado -y siendo conscientes de la gravedad de la pandemia y la capacidad virulenta del Sars-CoV-2, que ya deja un millón de muertos- debemos insistir y persistir en las acciones de prevención aprendidas y las medidas de bioseguridad, especialmente el tapabocas, ya que los riesgos de infectarse, enfermar y morir se mantienen. Sin embargo, no faltan quienes, bajo argumentos de incomodidad, calor o, al asumir que nadie de su círculo social cercano presenta síntomas, descartan su trascendencia y optan por usarlo inadecuadamente o, simplemente, negarse a su utilización.
En Colombia, el tapabocas es obligatorio y puede ser exigido por las autoridades. En Barranquilla, entre las medidas adoptadas por la Alcaldía se ordena el uso de este elemento a todas las personas, especialmente en el transporte público, en áreas cerradas o abiertas con afluencia de personas y el espacio público. El incumplimiento de las medidas sanitarias puede derivar en multa de $936.320, según las disposiciones.
A partir de la disminución de los casos, el cese del aislamiento social obligatorio y el ‘pico y cédula’ en el país, volvieron las reuniones sociales y familiares, se abrieron los centros comerciales, se llenaron las playas y parques y se entronizaron las ‘covid-fiestas’. Es preocupante que en estas actividades no se esté usando de manera regular y por todos, el tapabocas, ni se cumpla el distanciamiento físico. Por tal razón, las autoridades de salud están insistiendo en el llamado de atención a la ciudadanía ante la posibilidad real de un rebrote o una segunda ola de la pandemia, como lo viven actualmente España y Bélgica.
Investigadores de la Universidad de California, en un análisis publicado por la revista The New England Journal of Medicine, estiman que el enmascaramiento facial universal influiría también en garantizar que una mayor proporción de nuevas infecciones sean asintomáticas. Incluso comparan su uso con una forma de valoración que generaría inmunidad.
También enfatizan que mientras el mundo espera los resultados de los ensayos de las vacunas, “cualquier medida de salud pública que pueda aumentar la proporción de infecciones asintomáticas por SARS-CoV-2 puede hacer que la infección sea menos mortal y aumentar la inmunidad de toda la población sin que se den enfermos graves ni muertes”.
Las investigaciones científicas han destacado también que el enmascaramiento facial, que se volvió hábito en países asiáticos desde el SARS de 2003, se relaciona con el control de la actual pandemia en sus territorios.
El tapabocas mejora su nivel de protección si se utiliza de manera continua y masiva, y si se usa de forma adecuada, cubriendo completamente nariz, boca y barbilla, con ajuste en las orejas.
No es momento de bajar la guardia frente a la COVID-19. Sin duda, el uso de la mascarilla es el medio de protección más accesible y, por lo tanto, nuestro mejor aliado para limitar la propagación y evitar un rebrote que nos avasalle antes de lograr la vacunación masiva.
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